Voto obligatorio: trampa y auto engaño

La idea de reponer el voto obligatorio en Chile, dada la baja participación de la ciudadanía en las últimas dos elecciones y la aún más baja conexión de los chilenos con lo que pasa en la política nacional es una trampa que avanza a paso firme luego de que, con 105 votos a favor, el proyecto de ley que busca restablecerlo fue aprobado en la Cámara de Diputados pasará al Senado para su correspondiente discusión.

Es una trampa que la propia clase política se impone, porque volver al voto obligatorio es asumir que no están las capacidades para enfrentar el problema real -y de fondo- de esta crisis política e institucional: la incapacidad crónica para conectar con la ciudadanía. Pensar un proyecto de futuro que involucre, no parte por analizar si a los chilenos y chilenas se les obliga a ir a las urnas. No pasa por definir los castigos que se impondrán por no hacerlo. Construir una visión compartida de futuro pareciera pasar más por hacer un análisis serio y pausado de las brechas, pero también de las tremendas oportunidades que se abren para reconectar a las personas con la política, pero desde el fondo.

Más allá de si el voto obligatorio es necesario en Chile, las preguntas principales que debiéramos hacernos son: ¿Qué pasará cuando este se restablezca? ¿Será suficiente para darle un nuevo valor al ejercicio democrático? ¿Soluciona el desafío de reconectar a las personas con la política, sus derechos y sus deberes? ¿Despeja el problema de fondo? ¿Qué deberíamos dejar de hacer? ¿Qué deberíamos hacer distinto?

Ante la completa reconfiguración del escenario político, una discusión como la que actualmente vemos en el congreso, está más cerca de buscar mecanismos de salvataje para la política ‘cómo la conocimos’, que verdaderamente reflexionar acerca de la política del futuro. Y mientras la clase política privilegie esa lógica reactiva, seguirá perdiendo oportunidades claras para reconfigurarse (como parecieran haberlo varios independientes extra-parlamentarios).

Una participación alta es el mejor mecanismo de defensa de la democracia y la institucionalidad de una nación. La pone en valor y legitima a todos aquellos que son electos en los múltiples cargos públicos por los que se participa. Pero asegurar la participación de forma coercitiva, sin hacerse las grandes preguntas pendientes pareciera solo ir en dirección de profundizar el problema, y no resolverlo.

El desafío será, entonces, convocar a todos los representantes de las diversas tipologías de liderazgo que conviven en Chile, formales e informales, y construir la ruta para fortalecer el ejercicio democrático de deberes y de derechos, reconstruir la confianza y volver a encantar con una épica capaz de movilizar cambio y visión de futuro en la población. Volver a obligar, suena más a garrote. Estrategia que ya demostró fracasar en el pasado.

Alejandro Inzunza, socio Symnetics

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